- ¿Por qué nunca sonríes? - preguntó el chico.
- Porque nunca tengo motivos. - le respondió ella. Él, crispado, se levantó de la acera donde estaba sentado y se plantó delante de ella.
- Eso es mentira. Siempre hay motivos para sonreír. Puede que tengas problemas y que lo último que te apetezca es hacerlo, pero ¿sabes qué? No cuesta tanto, no es tan difícil. Y además, nunca sabes quien puede enamorarse de tu sonrisa. Y eso, ese simple acto que creías innecesario, puede cambiar todos tus problemas. - y ella sonrió.
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